Obras
Revista Programa
Otras »
Teóricas
Integrantes
Publicaiones / Otras »
 
 
 
 

El trabajo que, desde la cultura, ha hecho durante más de 30 años la convierte en la ganadora del premio ‘Defensores’ que reconoce su labor en la lucha por los derechos humanos. Sus causas aparentemente perdidas, aquí encuentran frutos.

Mariángela Urbina Castilla

Cuando la niña Patricia Ariza llegó a la tienda de su barrio, sólo encontró cenizas. Todo el salario del primer mes de trabajo de su padre estaba hecho polvo. Él mismo lo quemó alegando que ese dinero era su opresión y frente a los vecinos decidió destruirlo. Al lado, su esposa no pudo disimular la cara de tristeza: se necesitaba el dinero, la economía familiar no andaba bien. Estaban recién llegados de su pueblo y la capital se mostraba hostil, cruel. Él, que tallaba madera como un artista, que trabajaba escribiendo cartas de amor por su letra preciosa, él, era ahora un obrero en la fábrica ‘Camacho Roldán’. “Fue un acto muy doloroso y también muy valiente”, dice Ariza. Por eso el momento se le quedó grabado en la memoria; desde ese día y para siempre se volvió zurda, roja.

“Ser de izquierda no tiene porqué ser un delito, es una postura ideológica, una forma de leer la vida”, aunque ella nació en un país en el que muchos entienden todo lo contrario. Nació en Vélez, Santander, y de allí sus papás salieron huyendo. Mucha pobreza, mucha violencia. “Mis padres eran gente muy del pueblo, en cambio yo ya fui muy urbana, si es que se le puede llamar urbana a la Bogotá de los años 50”. Sin embargo, esa Bogotá también explotó varias veces frente a su cara. El golpe militar de Rojas Pinilla la dejó sin fiesta de primera comunión. El ejército se tomó la ciudad y fue imposible celebrar.  En otra ocasión, en la plaza de toros, tuvo que escabullirse junto a su hermana mayor para escaparse de una golpiza. “El día anterior habían chiflado en la plaza a Rojas Pinilla. Iba gente vestida de civil, con ruanas, y se armó una cosa terrible. Le pegaron a la gente. Fue muy violento”.

Esa violencia que llevaba viendo desde niña, se le reveló en persona en los años 80. Militaba con la Unión Patriótica (UP) y era junto a Santiago García la fundadora del teatro La Candelaria y de la Corporación colombiana de teatro. Llevaba años siendo activista, liderando programas para indigentes, adultos mayores y mujeres. Le allanaron su casa, su teatro y “me mataron centenares de hermanos”, dice refiriéndose a sus compañeros de la UP. Se salvó porque acogió un asilo en Cuba y se llevó a su familia.  “Lo que me pasó a mí no fue nada, en este país la gente sí que ha sufrido mucho”, comenta como desprendiéndose del dolor, como ignorando su sufrimiento. “Cuando a uno lo persiguen, como la persiguieron a ella, tiene que superarlo y eso sólo se supera convirtiendo el dolor en fuerza, en poesía”, afirma el profesor Carlos Satizábal, su actual compañero, como ella lo llama.

Y es que Patricia Ariza convirtió su tragedia en creatividad. Desde niña, su papá se encargaba de explicarle todo sobre su contexto, el porqué de las guerras, de la vida. Le daba clases de geografía, de historia, de literatura. Entró al colegio preparada, quizá demasiado preparada. “Entré a cursar primero de primaria y me sentía muy mal, ya sabía todo”. Así que se fue a otro colegio, presentó un examen de admisión y la recibieron en primero de bachillerato. Con los años, la familia se llenó de orgullo. La menor, la niña, se iba a graduar de quince años. “En esa época eso era un fenómeno, porque todas mis compañeras tenían 19 o incluso más de 20”, cuenta.

Pero la echaron. Encontraron la historia que llevaba escribiendo durante meses. Un verdadero relato de amor con un teniente, apasionado, detallado y escrito a manera de diario.  Aunque tomó las precauciones necesarias y lo escribió de para atrás “porque yo escribo mejor de para atrás que de para adelante”, las monjas descubrieron el truco y lo leyeron todo con un espejo. El tema fue demasiado erótico para ellas y la sacaron del colegio. De nada sirvió el hígado licuado que le hacía la mamá para alimentarle la inteligencia, era un adiós a la escuela porque no quería más luchas con las directivas.

Se  fue para Medellín a vivir con una hermana. Allá llamó Gonzalo Arango, le dijo que quería ser nadaísta, se conocieron y se ennoviaron. “Gonzalo era todo lo que yo me imaginaba como artista, pero no como hombre. Era como el marido que no quería tener”. Entonces terminaron y se dedicó a lo que quería: hacer parte del movimiento. “El nadaísmo era una performance, un acto de presencia ambulante”, recuerda.

Con el tiempo regresó a Bogotá, luego de su paso por el nadaísmo y empezó a estudiar en La Nacional, pero tampoco terminó. Lo suyo fue siempre crear, hacer teatro. Desde hace 20 años lidera el Festival de Mujeres en Escena que reúne dramaturgas de distintos lugares del mundo y del país, exhibe su trabajo y hace encuentros donde se discute siempre sobre la base de la paz. Recibió el premio Príncipe Clauss “por sus aportes a la cultura universal y su compromiso artístico con la búsqueda de la paz para la nación colombiana”. En 2008 fue condecorada con la Orden del Congreso en reconocimiento a “toda una vida dedicada a la cultura”. Ahora, recibirá el premio de la organización estadounidense ‘League of Profesional Theatre Women’, por su compromiso durante 47 años en el sector cultural.

“Patricia ha sido muy premiada, pero sobre todo a nivel internacional. Aquí en Colombia, fíjese, creo que aún no nos hemos percatado de su labor, su sistematicidad, su honestidad”, dice su amiga Alba Cecilia Pineda. El premio Defensores, que recibió hoy a nivel nacional por toda una vida como defensora de los derechos humanos, le apunta a sacarla de ese espacio grisáceo que es el silencio y el anonimato. Fue la única ganadora escogida por su trabajo desde la cultura.   “Los premios son maravillosos, pues ayudan a  subsistir.  Del teatro… difícil”, agrega Ariza con la pausa y la coherencia que caracterizan sus palabras. Porque lo que dice del nadaísmo parece ser su esencia: la vida de Patricia Ariza es un performance, una pieza teatral compleja, completa y rítmica, una muy buena dramaturgia.

 

 
 
Calle 12 # 2-59 - Bogotá - (+57 1) 2814814-2863715 - teacande66@hotmail.com, contacto@teatrolacandelaria.com, prensalacande@gmail.com
Copyright © Teatro La Candelaria - 2018