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2010-08-21
ESTA NO ES UNA OBRA DE TEATRO, ESTA ES UNA OBRA DE TEATRO
ESCRITA POR CARLOS ALBERTO MARTINEZ
ESTA NO ES UNA OBRA DE TEATRO
ESTA ES UNA OBRA DE TEATRO

Ceci n’est pas une pipe

El miércoles 18 de agosto de 2010, alrededor de las 8 de la noche, tuvo ocasión el estreno de la última obra del Teatro de la Candelaria, creación colectiva bajo la dirección de Santiago García. Fueron 90 minutos sufridos, tenidos y entretenidos, entre la hilaridad y el llanto. Trece actores nos mantuvieron en vilo y en bola, porque se trató de una imputación de cargos, sin atenuantes. Todos y todas los y las concurrentes, invitados e invitadas a manteles, éramos, mucho antes, presuntas y presuntos implicados. Nuestra comparecencia fue sólo la protocolización de la aceptación del delito de indiferencia ante la vida. En los días inmediatamente siguientes a esta función de estreno, tuve la necesidad de escribir algo, de revestir de palabras los pensamientos y cifrar un manojo de ideas. Aquí van.  
 Carlos Alberto Martínez

Era el mejor de los tiempos y también el peor; la época de la sensatez y de la tontería; era la época de las creencias y, de igual modo, de la incredulidad; era la estación de la Luz y, al mismo tiempo, de la Oscuridad; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; ante nosotros teníamos cuanto se pudiera apetecer, pero tampoco había nada; todos nos encaminábamos directamente al Cielo y, asimismo, seguíamos el camino opuesto.
Charles Dickens, Una historia en dos ciudades, inicio del capítulo I.

A manteles es una obra de teatro, la décimo-tercera creación colectiva del Teatro de la Candelaria; pero no es una obra de teatro, porque no se agota en su misma facticidad; va más allá, se hace público y pública, y nos llama a su centro, nos convoca. Porque el público, el amigo espectador, el hipócrita espectador, el confidente, el hermano, está llamado al banquete, al festín desnudo, como víctima propiciatoria o expiatoria (según como se mire).
    Es una obra fractal: cada uno de los actores y cada una de las actrices cuenta en sí mismo y en sí misma, y cada tragedia individual, contada a retazos durante la función, es el germen de la tragedia colectiva; es el correlato del relato que habrá que reconstruirse, en un proceso incesante de deconstrucción, a partir de esos mínimos actos escénicos que uno más uno y uno dentro del otro arman  un complejo puzle, que bien podría ser otro correlato de la realidad mayor que envuelve a los actores y a la obra misma.  
    En tanto fractal, la obra no narra una historia; narra micro-historias, y éstas tampoco son esféricas, sino fragmentarias, meras insinuaciones inconclusas, siempre interrumpidas y frustradas por el próximo micro-relato que se cuece en el interior del texto precedente y así hasta al final, si es que puede hablarse de un final.
    
En geometría fractal, una figura se construye (digamos, se configura) a partir de la figura anterior y al configurarse, modifica la anterior figura que, aparentemente, le sirvió de antecedente configurativo. Es una espiral enloquecida, que se acerca al caos, es  decir, el fundamento de todo orden. Por ello, la obra se nos ocurre desordenada, caótica, sin sentido finalista; es más: sin sentido. No hay un telos, no es una obra teleológica. Viene del caos, se complace en el caos y se desarrolla en el caos, haciendo complicados ejercicios de equilibrismo entre el sentido, el sin sentido y el contrasentido, y sin embargo, penetrando en ese caos social y político que suele llamarse, por sujetos perversos, orden establecido.
     
    La larga mesa, toda de blanco hasta los pies vestida, no es una mesa, es la piedra de los sacrificios. Se nos ha invitado a una cena al caer la tarde, al llegar la noche. Y es una cena despiadada, impía, en la cual nunca terminamos por degustar los manjares, ni escanciar el vino, sino que nos degustarnos y escanciarnos a nosotros mismos, bocado a bocado, sorbo a sorbo, risa a risa, llanto a llanto, siempre abocados y desbocados, trasbocados.
   
En la esquina de la mesa está el prestidigitador; de corbata de hélice, cabellos engominados, distante, de frac; elegante y siniestro personaje, coloca las fichas con un decoro recóndito, afectado, aprendido en su larga vida de manipulador, de hacedor de realidades, de performances. Está asimismo el garçon, siempre feliz, atento y servicial, demasiado posesionado de sí mismo, tanto así que no parece un mozo corriente, sino un hábil maestro de ceremonia.
   
En una puesta en escena epiléptica, van llegando los invitados; no siempre deseables, no siempre oportunos. Una de las invitadas a manteles está dentro del público, parapetada detrás de sus gafas oscuras. Quiere ser público, pero no pública, no quiere posar bajo los reflectores; prefiere la sombra y el asombro. Le fastidia actuar, pero el mesero la llama, le ordena, y ella desciende los escaños contrariada. Su anonimato ha terminado; desde el público aún, cuenta su tragedia. Vendrán después de ella, muchas confidentes y muchas confesiones. Son pequeños relatos inconclusos, que las voces y risas estridentes estrangulan. De cada relato sólo queda un ligero temblor, un rumor de aletazos de somormujo, un sollozo ahogado. Y el público intenta reír, reírse de sí mismo, porque la fábula habla de nosotros, nos interpela, nos acusa. Sobre nosotros caen baldes de mierda. Mierda eres y en mierda te convertirás, nos dicen desde todos los lados. No sólo somos polvo, mas polvo enamorado, sino corrupción, cadáver que festeja su propia descomposición, polvo despechado.
   
Se actúa, se des-actúa; se festeja el dolor, se llora; cada uno y cada una intenta abrirse paso por entre la maraña de indiferencia y lanza su acusación, expone su tragedia. Nadie escucha a nadie, todos son nadie, y en esta multitud de nadie, ninguneados entre sí, transcurren los instantes, erizados de carcajadas sarcásticas, de risas sardónicas, de mala leche, de mala sangre, de mala sombra. Todos, inclusive los buenos, son malos, perversos. Entre las butacas se convulsionan los hombros, se ahogan las risas. Al lado, a mi lado, está el hermano, la hermana, el prójimo, la prójima, y un bache de oscuras lejanías nos separa del vecino, porque en la sombra, el prójimo está léjimo, demasiado léjimo.
   
Un obrero, casco y mono, lleva su carretilla, sin palabras, pues no es preciso decir, pero sí contradecir; él está ahí para eso, para decir que no, para vociferar, para demandar y exigir. Va y viene; se agita, se repliega, se achica, se marchita, y finalmente pasa. Y pasa la prostituta, el transgenerista, el empleadillo público, la militante política, la viuda, la huérfana, la violada, la tenida y la mantenida, el tenido y el mantenido, el hacker (sicario del ciberespacio), con lengua y sin lengua, siempre gritón, obseso, en camino de script kiddy; la cabaretera, la beata cociéndose en sus propios ardores, guisándose a fuego lento en su propia salsa, que pasa sin solución de continuidad del éxtasis religioso al furor uterino (¿acaso no es lo mismo?);  los cantores noctívagos, el músico ambulante de muletas y sin muletas, la actriz hastiada del público que quiere ser público, encantadora de enredaderas, la dama sin camelias, el mesero jacarandoso, la intelectual de pacotilla, el matón con su hacha de verdugo, la mujer que mendiga un trago, la dama que escancia el aguardiente y carga un perro de presa y una vieja nostalgia de utopía. Y se entonan desentonadamente tonadas de otros días, canciones de arrabal, estribillos que el viento lleva y trae como hojas de otoño, fraseos de un saxo, un acordeón que deja caer sus notas al desgaire, perezosas, quejumbrosas. Y risas, risotadas, conatos de trifulca, amenazas, denuestos, desconsuelo, rabia, dulzura, y fugaces remansos en el endemoniado y embolismático estropicio de armas y ayes. Ráfagas de imágenes que se proyectan detrás de la mesa, en lo alto, y, por una vez, nosotros mismos allí, arrellanados en las butacas, impávidos como pavos, mero decorado, ensimismados en los otros que somos nosotros, viéndonos en el fondo de ese extraño ritual de sombras chinescas, inasibles, proyectados en otro sueño. Una mano recibe una  naranja; otra mano recibe otra naranja, y en la sala se instala un olor a campo, a vereda, a difunto pobre, a finado y papel parafinado. Y la mujer recuerda los días de otros días, las noches de otras noches, cuando planeaba ir con su novio al Goce Pagano.
    Al final, como tiene que ser, y porque la fiesta debe acabarse para recomenzar en otro escenario, el camarada se cansa de elevar la voz y echar al viento su canto incendiario, protestatario, y voltea su carretilla de sueños marchitos, y hace un embrollo con la matera y la enredadera que tuvo la ilusa pretensión de subir al cielo. La carretilla, ahora, es un ataúd de ausencias, de frustraciones y derrotas descoyuntadas. Es la muerte de la utopía, el “apague y vámonos”. El mismo mozo decide rebelarse y revelarse, y bota sus trapos y por un instante conmovedor exhibe la ingenua pretensión de un ser un hombre libre. Pero nadie puede ser libre en este minúsculo espacio de la impostura, nadie debe serlo. Nuevas y más sofisticadas opresiones aherrojan al hombre. Ni siquiera la mujer desnuda que intenta mover, remover y conmover al público mueve, remueve ni conmueve, porque su belleza se difumina entre las sombras, cae sepultada por el alud de carcajadas, de ráfagas, del griterío de corraleja. La dama del perrito intenta escandalizar mostrando, lo que desde el público, a quien da la espalda, se presiente un par de senos, pero, al voltearse no es más que la hoz y el martillo entrelazados, y se puede sopesar el desencanto, lo que se fue, lo que quedó en el proyecto, fugaz instante de un sueño que devino en pesadilla. Caen los billetes de lo alto, y al amanecer, cuando abandonamos la sala, vemos los despojos del festín: un manojo de billetes didácticos, estertores debajo de la larga mesa y un trajín de pasos allá en el fondo, donde los actores y las actrices se limpian el maquillaje y se chantan la máscara de seres comunes y corrientes. La farsa ha terminado. Otra farsa comienza.
    Sólo falta un grito vagabundo en medio de la sala, en medio de la noche, como el del espectro ebrio que se amalaya en algún recodo de Pedro Páramo: ¡Ay, vida, no me mereces! 
    Todo está desafinado, destemplado, sólo McCartney, desde un aparato sofisticado, eleva su voz de otros días, de días mejores, sin duda, para confesarnos que ayer todos sus problemas parecían tan lejos y ahora es como si estuvieran aquí para siempre:

        Yesterday
        All my troubles seemed so far away
        Now it looks as though they’re here to stay


    Y de pronto una sombra se cierne sobre nosotros, como un par de alas de zamuro. ¡Oh, de pronto llegó el ayer!, y ya no somos ni la mitad de que lo éramos antes, justamente cuando The Beatles grababan esta canción y las chicas inundaban de cucos y sostenes las tarimas. Ahora, no sólo él, sino todos nosotros necesitamos un lugar donde escondernos.

        Now I need a place to hide away
 

    Hay instrumentos músicos; se hace música, música que duele, porque sale de un acordeón ronco, de una armónica desafinada, de un saxo destemplado, de una garganta ebria. De pronto, caen sobre el mantel migajas de la Internacional, pero los pobres del mundo no alcanzan a subir a escena cuando una mujer ebria, como salida de un burdel cochambroso, con hilachas de noche y luz de farol en sus cabellos repintados, nos invita a tomar una botella de vino, y saber a que sabe el olvido. Y todo tiene el mismo destino fugaz y falaz. La voz de los sin voz intenta conmover con el relato de la tragedia propia, pero todos tienen algo que gritar o murmurar, algo que contar, un muerto que cargar, una  pena íntima, algo que recordarse y decirse, porque decirlo es un decir. Y al contarse y llorarse, todo se frivoliza, pierde trascendencia, se domestica y rueda como cosa inútil, desabrida, como las migajas de mentiras que caen de una mesa que no es una mesa, como no es esta silla una silla ni esa manzana verde una manzana verde ni esa pipa es una pipa, aunque parezcan mesas, sillas, manzanas y pipas.
   
A manteles es una obra bullosa, nerviosa, con escasos paréntesis de sosiego, apenas como impulso para una nueva secuencia de canciones obscenas, de alusiones a la muerte, gritos, improperios, aullidos, porque en esto degenera fatalmente la voz humana. Es una obra bestial, y va de estropicio en estropicio. En esto es fiel trasunto de la otra realidad, no menos teatral que ésta. Mientras se asiste a su escenificación, uno recuerda algunas ideas de Michel Serres, de Michel de Certau, de Marc Auger, del Cardenal Biffi, cuando sólo era sacerdote. Éste último dice en El Quinto Evangelio:
“Lo importante es no tener ni un momento siquiera de soledad y silencio. Correríamos el peligro de comenzar a pensar.”

    A manteles es un descenso al Hades, un viaje al centro de la mierda. La única manera de hacernos caer en la cuenta que estamos en el Infierno, en medio de inmundicias. En ella se denuncia (si es que el término aún dice algo y el hecho sirve para algo) la indiferencia y a los indiferentes, por indiferenciados, partículas inconscientes de una masa inconsciente, complacida de su propia inconsciencia. Inocente, sin embargo, porque no alcanza a dimensionar su culpabilidad ni su crimen. “Aquí nos comemos crudos y sin sal.” Somos una extraña comunidad de caníbales, en donde rige la ley del más fuerte y el todo vale, y al caído, caerle, y si te vi, no me acuerdo, y si me acuerdo, no me importa; todo es chanda, y todos estamos, al fin y al cabo, en la inmunda.   

    ¿A quién le interesa la tragedia ajena? ¿A quién puede importarle que usted exista o deje existir, que aparezca, perezca o desaparezca? Porque, acaso, ¿alguien sabe adónde van los desaparecidos, los muertos niños y los muertos hombres, las mujeres violentadas, los indios expulsados de sus bosques, sus sueños y sus mitos? Todos estamos inmersos en nosotros mismos, y los demás son los espejos que nos devuelven nuestra imagen falsamente simétrica, como esos dibujos insidiosos de Escher. Los otros no existen, no están, no son; nada permanece, todo fluye y pasa, y se desvanece en la befa, en el vocerío de gallera, en el grotesco ambiente de carnaval. Se juega a ser fresco, alegre, expansivo. Se exhiben las llagas, se ofrece a manos llenas el dolor, se invoca la conmiseración, pero se impone la indiferencia, dura como la obsidiana, filuda como el pedernal. Las confesiones se yuxtaponen, se niegan, se desplazan. El corazón se hace sordo y se cierra en sus propios latidos. Afuera sigue el festejo. La vida es un cambalache, y desde cada vidriera nos hacen guiños los viandantes que pasan y se desvanecen al doblar la esquina. Nada queda. Es la ceremonia de los adioses; de las tristes despedidas. Hay que despedirse de la fe, de la piedad, de la compasión, de las utopías tan celosamente guardadas y acunadas y acuñadas, de las convicciones. En la gran mesa de los sacrificios, los actores, como hierofantes despiadados e impíos, extraen los sueños de todos nosotros y los apuñalan ferozmente; quedan piltrafas de ideas, grumos de esperanzas, si es que hubo alguna vez esa cosa verde acurrucada en la Caja de Pandora.

    A manteles nos despoja y nos lanza los despojos, embrollo de vísceras tibias y palpitantes, al rostro; nos abre el pecho y nos extrae uno a uno los sentimientos nobles y nos trasplanta el desencanto; nos cauteriza por dentro, nos arredra, nos envuelve en su urdimbre y nos desnuda de toda pretensión y de todo engaño. Es una obra desengañada, engañosamente festiva, trágicamente bufa, opereta y canto llano, espectáculo de vodevil, una sublime payasada que tiene la virtud de esculcarnos en lo más hondo y ponerlo al frente para que lo miremos sin anteojeras, sin gafas ahumadas, despojado y desnudo. El arte es una coartada, una pose. Nada vale la pena, ni siquiera la pena vale la pena, pues lejos de suscitar la solidaridad, excita la curiosidad morbosa o la conmiseración infamante, cuando no la befa y la persecución. Este es un país maldito, nos pudrimos en él, sin estar a las derechas en él, vivimos y morimos con escasa o nula conciencia de nuestra desgracia. Somos briznas siempre en la zaranda del viento, cernidos, aventados, y ya no sabemos si somos grano o cizaña, memoria u olvido, pasado o presente.    

    A manteles devora nuestras creencias parroquiales, calcina nuestros proyectos de cofradía y secta; demuele la capilla, el oratorio. Es la desconsagración de lo hasta ahora juzgado sagrado. Es la verdad desnuda, la poesía de arrabal, es el arte plenamente consciente de sus límites y sus trampas, de sus autojustificaciones y autorreferencias; es un intento lúcido para librarse de la horca de la autocomplacencia; aquí todo está en cuestión; todo tiene valor en tanto carece de valor, y antes de circular se desvaloriza. El dinero es eso, la puta universal de que habla Timón de Atenas, y retoma el terrible barbudo de Tréveris. Es el estiércol del diablo. Marx dejó dicho, al final del primer tomo de El Capital, que el capitalismo viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros de los pies a la cabeza. Estamos en un océano de mierda; y sobreaguamos en la mierda con una sonrisa de ángel de Sopó (de popó).

Se descree del teatro; se niega la realidad. Se afirma que esa jarra que vemos realmente sobre una mesa real no es una jarra; y todo cuanto vemos y oímos tiene la extraña y perturbadora virtud de no ser o ser sombra, espuma e ilusión, un mirage, un mero resplandor sin esplendor. Es el despojamiento de lo real de su realidad y la conminación a dejar de ser como hemos venido siendo. Sólo falta la navaja afilada y el corte en el ojo, tal cual ocurre al comienzo de Un chien andalou. No debe quedar piedra sobre piedra; los títeres deben perder la cabeza y despedirse para siempre del retablo. Tenemos como público la extraña dádiva de la risa, pero no por mucho tiempo. Podemos relajarnos, pero no por mucho tiempo.
 
    Pobrecito Avendaño, pobrecito Avendaño,
    Pobrecito Avendaño, lo mismo Zabaleta.
    Se fueron llorando, se fueron llorando,
    Se fueron llorando y se acabó la fiesta.
   
Pobrecitos todos nosotros, los autosatisfechos, los indolentes, los indiferentes que jugamos a la diferencia, a ser de mejores familias, y que nos asomamos una tarde al río erizado de la Carrera Séptima a ver las hileras de mujeres de negro, evocación de las abuelas de Plaza de Mayo o las arpilleras chilenas que atraparon en sus artesanías de fique el recuerdo de sus desaparecidos.
   
Todo en esta obra es teatral, es decir, creación, invención de alta pureza; es decir, impura, perversa, despiadada e impía. Se entra a saco en nuestras creencias, en nuestras convicciones políticas, en lo que hemos sido y añoramos, en los recuerdos de infancia, en los cánticos y en ese rincón pastoril, se allana y saquea la cabaña de ese  hombre rústico que todo colombiano lleva y conlleva como un cadáver insepulto, como un manojo de astromelias marchitas, como un cirio pascual o una guirnalda navideña, como el Catecismo del padre Gaspar Astete,  la Alegría de leer de Evangelista Quintana, la Urbanidad de Carreño o las Cien Lecciones de Historia Sagrada. Porque esta obra es un espejo, deformante como los buenos espejos, y allí vemos, hecho trizas, como tiene que ser, este país de cartón piedra, esta piadosa mentira colectiva, esta farsa hábilmente representada una y otra vez a lo largo de doscientos años.


    Patria te adoro en mi silencio mudo
    Y temo profanar tu nombre santo
    Por ti he llorado y padecido tanto
    Como lengua mortal decir no pudo


    Todo, todo en esta obra es un bullicio mudo que jamás teme profanar los nombres santos. Es una chacota universal que profana la tradición inventada por mentes enfermas de Orden, de Armonía, de Ley, de Norma. Cría Cuervos y te sacarán los Caros…La patria como la hacienda, los caballos de paso, la empresa, la curul… El dinero no es caliente /todo es transparente… dirían Los Aterciopelados. Y el bien germina no ya, sino allá, en un no-lugar, en otro lugar.
   
Es en el fondo de los fondos y en el trasfondo desfondado una obra triste, quizá la más triste y desolada que haya emergido a la superficie en estas cuatro décadas de afanes y quimeras. Es una acusación y una auto-inculpación de alguien que ha visto mucho, que ha sentido mucho, que ha pensado mucho, que ha hecho y deshecho mucho, y ahora se asoma a sí mismo y se burla y nos padece y compadece, llora y nos hace reír, grita y se desespera, y trata desesperadamente de revivirnos, de insuflarnos un último aliento de esperanza con esta obra desesperanzada y esperanzadora.

Es preciso amar mucho a este país, sentirlo mucho, llevarlo en las entrañas, haberlo sufrido en lo más hondo para dárnoslo de esta manera, de cuerpo entero, a través de espejeos y entreveros, retazos de canciones y rezos; mostrarlo y demostrarlo, fraccionarlo, desfigurarlo con preciosismo para poder figurarlo en esta soberbia caricatura amorosa. Porque quien así nos mira, nos ama, nos conoce y  reconoce, y de manera despiadada se apiada de nosotros. Se necesita mucho coraje, además, para invitar a manteles al cordero del holocausto, a los bueyes de la hecatombe. Porque somos nosotros, el público, los devorados sin misericordia con las tripas del corazón.

Bogotá, D.C., Sábado 21 de agosto
 
 

 

 
 
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