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"A MANTELES" DEL TEATRO LA CANDELARIA
ELTIEMPO.COM COLOMBIA 29 DE AGOSTO DE 2010
Contra Escena
"A MANTELES" DEL TEATRO LA CANDELARIA.
29/08/10| Por:sandroromerorey

Escribo el domingo 29 de agosto de 2010. Ocho de la madrugada. Antes de ir a presenciar la nueva obra que acaba de estrenar el Teatro La Candelaria de Bogotá, recibí dos comentarios de personas que me dicen que “se las explique”, porque “no han entendido nada”. Hace pocos días estuve en la tradicional sede del tradicional barrio bogotano donde habita el grupo de Santiago García y, luego de la función de su nueva creación colectiva titulada “A manteles”, puedo decir, felizmente, lo mismo. Yo tampoco he entendido nada. Pero, por favor, no necesito que me la expliquen porque, parte de su encanto es que se trata de una experiencia que no nos la debemos “tirar” con justificaciones racionales.

 

La clave, en clave de mamadera de gallo, está desde las palabras mismas que el gran Santiago García, con sus 82 años a cuestas, le hace al público al comienzo de la representación. García insiste, luego de varios minutos, que se para frente al respetable no para dar explicaciones, sino simplemente para que los actores retrasados terminen de arreglarse. Acto seguido, nos confiesa que al grupo le encanta enfrentarse a las maldiciones cabalísticas, como la que representa el hecho de haber nacido un Sexto día del Sexto mes de a 1966 a las 6 de la tarde. O el hecho, creo, de haber estrenado su nueva creación un viernes 13, o de ser un colectivo compuesto por 13 actores. Todo tiene que ver, por supuesto. Incluido el azar. De hecho, le recordaría a García, de igual forma, que las obras del Teatro La Candelaria que empiezan por la letra A, siempre han sido las más problemáticas. A saber: “A fuego lento”, “Antígona”, “A título personal” y, ahora, “A manteles”. Por supuesto, el término “problemáticas” no tiene que ver, ni por asomo, con fracasos o frustraciones, o sentimientos de decepción. Me refiero a que han sido montajes de alto riesgo, donde los miembros del grupo han decidido quemar sus naves y enfrentarse a nuevos desafíos en los que, cómo no, está bailoteando la idea de la derrota como un fantasma temible.

 

Pero no ha sucedido. Contra todos los pronósticos, contra los anhelos de quienes quieren asesinar la historia de la creación colectiva, para los que odian el teatro o simplemente para los espectadores escépticos, “A manteles” es una nueva demostración de cómo las profundas convicciones estéticas de un grupo terminan por imponerse ante lo que quiere el “establishment” cultural frente a las artes escénicas colombianas. El Teatro La Candelaria, cuarenta y cuatro años después, es el único ejemplo de una actitud contestataria frente a la vida. Y así morirán, como las piezas de un museo inagotable, llenos de imaginación y de capacidad de exasperación. Es muy emocionante ir al Teatro La Candelaria a presenciar, noche a noche, a estos viejos lobos de la mar escénica divirtiéndose como niños y haciendo, ellos son conscientes, una travesura cada vez más atiborrada de fractalidades, de fragmentaciones, de sentimientos iconoclastas y de derrotas convertidas en gloriosos triunfos.

 

Pero, ¿qué querían en realidad con “A manteles”? No lo sé. Hace mucho tiempo no converso ni con García ni con ninguno de los actores del grupo y no tenía ningún tipo de información previa sobre su nuevo montaje. En estas condiciones, diáfano de prejuicios o de noticias aclaratorias, he ido a La Candelaria, haciendo caso omiso a mis ataques de gota y, hora y media después, les juro que no me quería ir de la sala. En primera instancia, me sentía viendo una especie de “A título personal, part. II”, donde los actores, en una suerte de sucesivas experiencias individuales (toda una ironía para los gestores de la creación colectiva) se dedicaban a exorcizar sus respectivos demonios interiores, hasta hacer que las buenas conciencias saltasen literalmente de sus asientos.

 

Creo que al Teatro La Candelaria, desde hace muchos años (bueno, con excepción de “Antígona”) ya no le interesa contar una historia. Lejanos son los tiempos de “Guadalupe: años sin cuenta” o, incluso de “El paso”. Ahora, las reglas son otras: la única regla es que están prohibidas las reglas. Y el resultado, claro está, es un fascinante coctel de sensaciones y chispazos delirantes, en los que se combinan las parodias oníricas a la burguesía, como en el montaje titulado “De caos & deca caos”, hasta las ceremonias para-místicas de “Nayra (la memoria)”, una de sus obras que menos he entendido pero que más me ha gustado. Insisto: La Candelaria ya no cuenta historias. Las inventa. Ellos mismos son una nueva manera de “ser” historia, a través de un ingrediente que no podría denominar sino como poético, en el sentido más reverencial y desconcertante del término.

 

La libre asociación de ideas que hay en “A manteles” tiene que ver con una reflexión caótica con respecto a la vida y su desafío frente a la muerte. No encuentro otro indicativo. Es un sueño, una pesadilla, pero a nombre de los sueños y de las pesadillas se justifican tantas arbitrariedades estéticas, que preferiría no internarme en el cerebelo de Freud. Creo que “A manteles” tiene la prodigiosa capacidad hipnótica de la música. De la música sin letra, esa que le producía tantas alergias a la revolución cultural maoísta. No hay palabras, ergo no hay explicaciones: el actor Poli porta unas muletas y nos sonríe un poema. La actriz Nora González nos construye otro de sus fantasmas de ojos desorbitados. La temible Patricia Ariza no nos deja olvidar cuáles son los orígenes de sus creencias. La enigmática actriz Nora Ayala se cuela de entre los espectadores y termina haciendo un strip tease mediatizado. En diagonal, una mesa mucho más larga que la que adorna los sketches de “De caos & deca caos”. El actor Pacho Martínez canturrea canciones tropicales con gafas y guantes rojos. De un momento a otro, el actor Coco Badillo lanza una de sus letanías de la cuarta dimensión. Sin pedir permiso, el director Santiago García irrumpe por una lateral y nos hace cantar una canción triste, ingenua y perversa. Hora y treinta minutos después, seguimos en las mismas y podríamos seguir en las mismas por toda la eternidad.

 

Por supuesto, “A manteles” no es una obra fácil, ni está justificada en el “n’importe quoi”. Cuánto daño le ha hecho a las artes del mundo el final de las reglas. “A manteles” es una obra de extraña filigrana en la que se siente que, en cualquier momento, el hilo de la magia se puede romper y si no funciona un pétalo o la proyección de un video  se desconfigura, el espectáculo se puede ir al carajo. (Sí, hay videos – y hermosos – en “A manteles”.)

 

Pero no se va, por fortuna, a ningún carajo. No se va, porque “A manteles” es el resultado del trabajo de un grupo de inmenso talento e inmensas ganas y tienen la mirada atenta de un genio de la escena que sabe muy bien dónde hay que parar las fichas para que el ajedrez no estalle. Así que, tranquilos, espectadores que no entendieron nada. Arriésguense a no entender. La comprensión racional no es el único valor de una gran pieza de teatro. Es preferible no entender nada y disfrutarlo todo, a entenderlo todo y terminar vacío, idéntico, tal como vinimos al mundo, sin la posibilidad lejana de convertirnos en parte del fascinante misterio que representa estar vivos.

Creo que repetiré muy pronto “A manteles”. Ojalá no la entienda.   
 

por: sandroromerorey
 

 

 
 
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